Una mañana, continuó Sophie, se despertó después de una mala noche y comprendió que Fanshawe no volvería. Fue una verdad repentina y absoluta, que nunca volvería a cuestionarse. Lloró entonces y siguió llorando una semana, llorando a Fanshawe como si hubiera muerto. Cuando las lágrimas cesaron, sin embargo, descubrió que no lamentaba nada.
Fragmento de La habitación cerrada, de Paul Auster.