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3/11/2014

Hice que mis alumnos leyeran a Galeano

El primer día de clase, el profesor trajo un frasco enorme:

- Esto está lleno de perfume -dijo a Miguel Brun y a los demás alumnos-. Quiero medir la percepción de cada uno de ustedes. A medida que vayan sintiendo el olor, levanten la mano.

Y destapó el frasco. Al ratito nomás, ya había dos manos levantadas. Y luego cinco, diez, treinta, todas las manos levantadas.

- ¿Me permite abrir la ventana, profesor? -suplicó una alumna, mareada de tanto olor a perfume, y varias voces le hicieron eco. El fuerte aroma que pesaba en el aire, ya se había hecho insoportable para todos.

Entonces el profesor mostró el frasco a los alumnos, uno por uno. El frasco estaba lleno de agua.

"Celebración de la desconfianza", en El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.

11/02/2010

La pequeña muerte

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. "Pequeña muerte", llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. "Pequeña muerte", la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

Fragmento de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.

12/01/2009

In-mundo

(...) Ante los vomitados del sistema, Buenaventura contó que a Dios le sobraban pedacitos de todo lo que creaba. Mientras nacían de su mano el sol y la luna, el tiempo, el mundo, los mares y las selvas, Dios iba arrojando al abismo los desechos que le sobraban, pero Dios, distraído, se había olvidado de la mujer y del hombre, que esperaban allá en el fondo del abismo, queriendo existir. Y ante los hijos de la basura, Buenaventura contó que la mujer y el hombre no habían tenido más remedio que hacerse a sí mismos, y se habían creado con aquellas sobras de Dios. Y por eso nosotros, nacidos de la basura, tenemos todos algo de día y algo de noche, y somos un poco tierra y un poco agua y un poco viento.
No suelo mirar televisión y los motivos van a deducirse con facilidad.

El sábado a la noche, por ejemplo, tuve la desgracia de toparme con un programa de “Chiche” Gelblung que lo único que me dejó fue una mezcla de bronca, tristeza y vergüenza (propia y ajena).

En una de las secciones se trató el tema del complejo ambiental del CEAMSE, cuyas instalaciones (un descampado tapado de residuos) se abren de 18 a 19 hs. para que incontables familias de clase más baja que la baja vayan a buscar desechos “utilizables” (léase: comida para alimentarse o cartón para vender).

Desde el discurso y desde la imagen, lo que se hizo fue marcar la distancia entre norte/sur, ricos/pobres, afortunados/desdichados. Y por si el mensaje no quedó claro con la cámara que enfocaba a los niños corriendo hacia los montículos de zona norte, la mayoría de los cuales provienen de supermercados, también se reforzó en las entrevistas: por un lado, el conductor con su chomba Polo color azul, impecable; por otro, madres sucias, chicos sucios, trabajadores sucios… Todos muertos de hambre.

Entonces, lo primero que se me ocurrió fue que desde los supermercados se separe lo que aún sirve para “donarlo” a las familias menos pudientes. El espanto me tomó por sorpresa: ¿mantener el sistema? No, dios, no fue una buena idea.

Tampoco lo fue aquella campaña que promovía el uso de bolsas diferenciadas para que los “cartoneros” sepan qué abrir. El plan era que no ensucien, que no rompan de más… y, claro, que no se lastimen, porque se pedía encarecidamente que no se incluyeran elementos cortantes dentro de las mismas.

Y así se pierde de vista el verdadero problema, el más grave: ¡la basura está en todos lados! No sólo en el complejo ambiental del CEAMSE, en las bolsas de residuos o en las calles. No, no sólo afuera… la basura también la llevamos adentro nuestro y todos los días, con cada naturalización de lo que vemos o escuchamos, nos desborda un poco más.

8/18/2009

Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ni ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, re jodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Fragmento de El libro de los abrazos, de Eduardo Galeano.

3/26/2009

Fragmentos de "El libro de los abrazos", de Eduardo Galeano

Los numeritos y la gente
¿Dónde se cobra el Ingreso per Cápita? A más de un muerto de hambre le gustaría saberlo. 
En nuestras tierras, los numeritos tienen mejor suerte que las personas. ¿A cuántos les va bien cuando a la economía le va bien? ¿A cuántos desarrolla el desarrollo?
En Cuba, la revolución triunfó en el año más próspero de toda la historia económica de la isla.
En América Central, las estadísticas sonreían y reían mientras más jodida y desesperada estaba la gente. En las décadas del '50, del '60, del '70, años tormentosos, tiempos turbulentos, América Central lucía los índices de crecimiento económico más altos del mundo y el mayor desarrollo regional de la historia humana.
En Colombia, los ríos de sangre se cruzan con los ríos de oro. Esplendores de la economía, años de plata fácil: en plena euforia, el país produce cocaína, café y crímenes en cantidades locas.

La televisión / 2
La tele dispara imágenes que reproducen el sistema y voces que le hacen eco; y no hay rincón del mundo que ella no alcance. El planeta entero es un vasto suburbio de Dallas. Nosotros comemos emociones importadas como si fueran salchichas en lata, mientras los jóvenes hijos de la televisión, entrenados para contemplar la vida en lugar de hacerla, se encogen de hombros.

La televisión / 3
La televisión ¿muestra lo que ocurre? En nuestros países, la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra. La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad. Porque la vida es un espectáculo: a los que se portan bien, el sistema les promete un cómodo asiento.
En América Latina, la libertad de expresión consiste en el derecho al pataleo en alguna radio y en periódicos de escaso tiraje. A los libros, ya no es necesario que los prohíba la policía: los prohíbe el precio.

8/25/2008

Cavernícolas, salvajes con barniz cristiano

Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: "Cierren los ojos y recen". Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia.

"Cinco siglos de prohibición del arcoiris en el cielo americano", en Ser como ellos y otros artículos, de Eduardo Galeano.

5/05/2008

Guerra de la Triple Alianza

(...) Fue una carnicería, ejecutada todo a lo largo de los fortines que defendían, tramo a tramo, el río Paraguay. El "oprobioso tirano" Francisco Solano López encarnó heroicamente la voluntad nacional de sobrevivir; el pueblo paraguayo, que no sufría la guerra desde hacía medio siglo, se inmoló a su lado. Hombres, mujeres, niños y viejos: todos se batieron como leones. Los prisioneros heridos se arrancaban las vendas para que no los obligaran a pelear contra sus hermanos. En 1870, López, a la cabeza de un ejército de espectros, ancianos y niños que se ponían barbas postizas para impresionar desde lejos, se internó en la selva. Las tropas invasoras asaltaron los escombros de Asunción con el cuchillo entre los dientes. Cuando finalmente el presidente paraguayo fue asesinado a bala y a lanza en la espesura del cerro Corá, alcanzó a decir: "¡Muero con mi patria!", y era verdad, Paraguay moría con él. (...) Los invasores venían para redimir al pueblo paraguayo: lo exterminaron. Paraguay tenía, al comienzo de la guerra, poco menos población que Argentina. Sólo doscientos cincuenta mil paraguayos, menos de la sexta parte, sobrevivían en 1870. Era el triunfo de la civilización. Los vencedores, arruinados por el altísimo costo del crimen, quedaban en manos de los banqueros ingleses que habían financiado la aventura.

(...) Del Paraguay derrotado no sólo desapareció la población: también las tarifas aduaneras, los hornos de fundición, los ríos clausurados al libre comercio, la independencia económica y vastas zonas de su territorio. Los vencedores implantaron, dentro de las fronteras reducidas por el despojo, el librecambio y el latifundio. Todo fue saqueado y todo fue vendido: las tierras y los bosques, las minas, los yerbales, los edificios de las escuelas. Sucesivos gobiernos títeres serían instalados, en Asunción, por las fuerzas extranjeras de ocupación.


(...) Stroessner se considera heredero de los López. El Paraguay de hace un siglo ¿puede ser impunemente cotejado con el Paraguay de ahora, emporio del contrabando en la cuenca del Plata y reino de la corrupción institucionalizada? (...) Stroessner dice que el contrabando es "el precio de la paz": los generales se llenan los bolsillos y no conspiran. La industria, por supuesto, agoniza antes de crecer. El Estado ni siquiera cumple con el decreto que manda preferir los productos de las fábricas nacionales en las adquisiciones públicas. Los únicos triunfos que el gobierno exhibe, orgulloso, en la materia, son las plantas de Coca Cola, Crush y Pepsi Cola, instaladas desde fines de 1966 como contribución norteamericana al progreso del pueblo paraguayo.

Fragmentos de "Historia de la muerte temprana", en Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano.